alta fidelidad invita a realizar tres copias en billetes de dos pesos de cualquiera de las siguientes cuatro citas de Federico Manuel Peralta Ramos:
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cippodromon dice:

maría dice: Como Liliana Maresca no encontraba su lugar en el mundo, tuvo que inventárselo. Se separó de Julio y se mudó a la calle Estados Unidos 834, a un PH antiguo, segundo piso por escalera, semiderruido. Para subsistir, decidió alquilar las habitaciones. La casa se fue poblando. Y ella, poco a poco, se convirtió en la dueña de la pensión.
La Buenos Aires de mediados de los ‘80 por donde circulaba Maresca era una ciudad efervescente. En 1985, mientras los titulares de los diarios anunciaban que una joven tenista argentina había ganado el Orange Bowl, Batato Barea empezaba su ciclo de performances, ésas que haría circular por reductos como Vértigo, Cemento, La Imprenta, Freedom, Eat and Pop y Crash. Eran tiempos desaforados y hay quienes dicen que la cocaína que se consumió en esa década fue la más exquisita.
Como una madre que recogía huérfanos, Maresca convirtió su casa de Estados Unidos en centro de reuniones. Por turnos, y entre otros, vivirían allí Ezequiel Furgiuele y Graciela Paola, Alberto Laiseca, Marta Soriano, Diego Kogan, Enrique Symms, María Bernarda Hermida, Patricia Borgarini y Lucrecia Rojas. “Estados Unidos”, como aún hoy llaman a la casa, era un reducto artístico que les daba lo que buscaban: pertenencia y libertad. Las fiestas se dieron como la forma natural de volver a conectarse con el mundo exterior. Era habitual volver ya entrada la madrugada y tener que ayudarse unos a otros a subir las escaleras mientras se chocaban a cada paso con las esculturas que colgaban por los pasillos de la casa. Tan abarrotado de objetos estaba el lugar, que un día llegaron los del Censo y les preguntaron si eran un grupo Umbanda.
maría dice: “Hay una chica en la calle Estados Unidos que dice las mismas cosas que decís vos”, le dijo un tipo en un bar a Ezequiel Furgiuele. “La tendrías que conocer.” Ezequiel había regresado a Buenos Aires luego de seis años de exilio y para subsistir vendía dibujos de mesa en mesa por San Telmo. “Me fui caminando y empecé a preguntar hasta que llegué a lo de Liliana. Ella, de curiosa nomás, me hizo pasar, me tuvo ahí durante horas, charlándome y a la vez estudiándome como si fuera de los servicios. La máquina se armó cuando nos juntamos.”
Al año siguiente, el 9 de abril de 1985, la dupla artística –el Grupo Haga: Maresca y Furgiuele– quedó sellada en la muestra Una bufanda para la Ciudad de Buenos Aires, en la galería Adriana Indik. Era una performance que tomaba la calle y, como muchos de los proyectos de los años ‘80, se había gestado de manera amorfa y casual. Ezequiel cuenta: “La fuimos a ver a Adriana Indik y como Lili era muy salvaje yo le dije que me dejara hablar a mí. Llegamos a la galería, nos sentamos y le digo a Adriana: ‘¿Querés seguir vendiendo pinturitas de Lola Freixas o querés pasar a formar parte de la historia del arte contemporáneo?’. Y ahí nomás le digo que nosotros queremos tejerle un poncho a la ciudad. ‘Pero no hay tiempo’, me dice ella. ‘Ah, entonces tenemos un Plan B: hacerle una bufanda’”.
Con los retazos que tiraban los fabricantes del Once, el grupo armó una urdimbre que dejaron colgar por la ventana del primer piso de la galería. “Convocamos a gente para que pidiera tres deseos y pusiera cosas. Y la gente salía de las oficinas y se enganchaba.” A medida que participaban la trama iba creciendo como una telaraña. “Vino la policía, vino la televisión. Por primera vez alguien nos daba pelota.” La bufanda era muy ‘80; en su grosera catarata de basura, semejaba el vómito de la dictadura. Y después, entre las cosas que se encontraron enganchadas, apareció un revólver calibre .32. Al caer la medianoche, un grito seco retumbó por las calles del microcentro: “Ya se les va a terminar este corso a los hippies y a los comunistas”. A partir de ahí, al Grupo Haga le llovieron propuestas.
gastón dice: Una acotada selección de cosas que fueron significativas para mí en determinados momentos, donde están presentes, también, recorrido, paseo, mapa y constelación. Marche otro cuadro, de Fernanda Laguna. Por algunas frases garabateadas en los cuadros: “Podría pintar mejor pero no quiero. Podría mezclar los colores pero no tengo ganas”. Flaneur, de Alberto Goldenstein. Si Buenos Aires fuera un pajar, aquí el alfiler. Geografía, de Daniel Joglar. La resma de papel atravesada por el lápiz es una de las imágenes más conmovedoras y violentas que he visto. Favorito. Turismo. Rudamacho. Un paseo por Agronomía con diferentes paradas: lecturas, canciones, suelta de globos, feria y más. Más que una tarde de domingo. Agencia de Viajes. Por el transporte. Daños de Diego Bianchi, y Parque de Leopoldo Estol. Porque un tornado arrasó a mi ciudad y a mi jardín primitivo. Las manifestaciones culturales noctámbulas: Eros, Bolivia, Parakultural, Cemento, Age of Communication, Morocco, Brandon, Bum Bum Club, Rudamacho.
FAN: UN ARTISTA ELIGE SU OBRA FAVORITA
Por Leonel Pinola
Hubo un miércoles del invierno del año pasado en que llegué más temprano de lo habitual. Diana estaba trasladando de un cuarto a otro una de las obras en la que estaba trabajando. Uno de los primeros pizarrones de la serie se encontraba aún en la sala más amplia. Recuerdo que me quedé varios minutos con la mochila y el abrigo puestos mirándolo.
En el bastidor, pintado con pintura para pizarrones verde, estaba escrito con tiza gran parte de la lista de colores con la que trabajábamos en el taller: celeste cielo, habano, lacre, maíz, café, rosa viejo, verde musgo, chocolate, ciruela, durazno, verde loro, negro ratón, natural, cremita, amarillo limón, verde botella, azul petróleo, gris perla, piel, amarillo huevo, salmón, rosa chicle, camel, mostaza, ladrillo, gris topo, verde manzana y coral. No sé cuánto tiempo pasó hasta que Diana vino a buscar ese pizarrón, creo que le pregunté si había otros, hablamos un poco y me contó sobre la dificultad de fijar la tiza y sobre las varias recetas que le había sugerido Elsita para solucionar este inconveniente.
Meses después, volví a ver la serie en la muestra Escuela en el Centro Cultural Recoleta. Y esta vez, frente a los pizarrones, me pregunté: ¿Existe verdaderamente una escuela argentina? De ser así, creo que la constelación que la constituye está originada por una red de vínculos privados y afectivos. Y los pizarrones vendrían a ser el tratado de ese pacto secreto de amor que constituimos con nuestras maestras y maestros. Parado ahí, frente a los pizarrones, recordé mí primer día de clase en lo de Diana. Ese día me dio el primero de los ejercicios que realicé: escribir mi nombre completo de arriba hacia abajo, en diagonal, en espiral, con la mano izquierda, con la derecha, en espejo, de abajo hacia arriba, gigante, diminuto, con todos los pinceles que tenía y con todos los colores que encontrara posibles. Pensé también en los que siguieron: copiar la imagen desde su ausencia, copiar el aire y no el objeto... Más tarde vino el ejercicio de hilar distintas situaciones con una línea continua como si el ojo zurciera cada objeto y cada persona que recorre. Hubo un día en que pinté el agua, el fuego, el aire y la tierra asignando una mancha para cada elemento, otro en que intenté reproducir sólo los bordes de una obra de Henri Matisse, aprendí a ver las manchas que conforman cada objeto desde dentro hacia fuera y perseguí la línea infinita hasta la fascinación.
De alguna manera los pizarrones de Diana dan cuenta de una genealogía, de una historia del arte argentino que nos incluye y nos excede. Los pizarrones son el origen de una escuela, la piedra basal, el centro magnético hacia donde dirigimos nuestras primeras miradas para entender el mundo. Creo que en esos pizarrones permanece algo del asombro de los alumnos de Spilimbergo y de los de Pettoruti, que en algunos de los restos de tiza de color está la voz de Pablo Suárez en los talleres de Barracas, la de Lucio Fontana en el taller Altamira, la de Tulio de Sagastizábal y la de Guillermo Kuitca.
Un tiempo después los pizarrones volvieron al taller. Era miércoles a la tarde y todavía había una luz de verano. Yo estaba pintando sobre una carpeta escolar y Diana le pasaba la “lista de colores” a una nueva alumna. Los pizarrones estaban cerca y con ellos me reconocí en casa.
Radar I Pagina/12 I Domingo, 11 de Enero de 2009
Rafael dice: En 1946, el escultor y pintor Lucio Fontana escribe un manifiesto y lo hace firmar por sus alumnos del Taller Altamira(...) Medio siglo más tarde, el texto de Fontana, documento conocido como Manifiesto Blanco, es el escrito de un artista plástico argentino que más se ha reproducido tanto en Historias del Arte del mundo entero como en repertorios contemporáneos (...) Ahora bien, ¿quién es el sujeto plural del enunciado, a quienes comprende, a sus alumnos? ¿Los discípulos de Fontana, bajo su guía, proponen y anuncian su ferviente voto en pos de la evolución del arte?
Lo cierto es que Fontana vehiculizó su peculiar proposición convirtiendo en política estética las ofertas de su praxis docente.
Ni más ni menos, la plataforma desde la cuál se proyectará el Movimiento Espacialista, que más tarde en Europa reclutará artistas luego célebres como Capogrossi, Crippa o Morandi, reconoce su génesis en la intimidad de un pacto entre un maestro y sus alumnos cuyo escenario fue un taller en Buenos Aires.
Nunca más justa la expresión "avanza enmascarado". Fontana, autor del manifiesto, no lo firma. Al pie de página sólo aparecen los nombres de sus discípulos*.(...) Así, en pocos trazos, resulta evidente la paradoja de cómo un gesto excéntrico, o mejor, descentrado, un manifiesto " ecléctico, fruto de la lectura fragmentaria de diferentes concepciones filosóficas", recorre el espectacular trayecto que une la escena íntima de un artista argentino con sus alumnos de taller hasta las páginas más relevantes de la Historia del Arte del siglo XX.
El Manifiesto Blanco se transformó en Canon.
Por supuesto, no se trata más que de una excepción.
Quizás la única.
flavia dice:Es difícil hablar del diccionario sin hablar de Diana y hablar de Diana sin hablar de ella como artista, como amiga, como maestra.Comencé a escribir para el diccionario en el 2001 si no me equivoco, antes de conocerla personalmente. Nos habíamos contactado a través de lo que se llamaba café Ramona, una especie de pre-foro de la revista. En ese entonces yo trabajaba en una oficina y cuando podía buscaba definiciones en paginas Web para enviarle, era frecuente que le dijera: “Diana que te busco ahora?”. Iban y venían, pedazos de artículos, canciones, formulas, links. También le enviaba las obras (horribles) que estaba haciendo, a lo que ella me respondía con preguntas. Las más simples. Esas que hacen temblar todo lo venís haciendo.“El que pasa por esa puerta es por algo” me dijo cuando entre por primera vez al taller de Av. Corrientes después de varios meses.Hay algo de mágico en como Diana ve los encuentros.Como si solo eso bastara, esta calidad de encuentro como generador de la experiencia artística o la posibilidad de la obra: “cuando alguien mira la pantalla, ya hay obra” dicebusco-encuentroPregunta – respuestaBastante simple.También insiste en la simpleza, en que las cosas simples no son bobas.
rosario dice:Nos juntamos hace poco con Diana Aisenberg, una amiga y artista plástica para quien posé a los veinte años. Queríamos ver si era posible armar una especie de seminario –para dar juntas– en el que conjugáramos su experiencia con la mía: ella como maestra de pintura, yo con mis talleres de letras de canciones. Lo primero que hicimos fue contarnos algunos ejercicios o consignas que solemos usar. Entonces empezó un diálogo: yo le contaba un ejercicio, se lo explicaba y eso la remitía a otro inventado por ella donde trabajaba algo parecido o complementario. También era como si tradujéramos dos idiomas: “Ah, eso en mi mundo se dice así”, en uno se mira, en el otro se oye. No podíamos parar. Era muy difícil esperar el turno de cada una porque mientras la otra hablaba se nos ocurrían muchas asociaciones, cruces, paralelismos que queríamos poner en el tapete y al mismo tiempo reflexionar sobre ellos, y al mismísimo tiempo se nos ocurrían variantes, versiones, nuevos ejercicios y pruebas. Ella me mostró su tesoro de “materiales didácticos”: tarjetas, muestrarios, figuritas, juguetes, madejas de lana, fotos, textos y también quiso inmediatamente llevar a la práctica algunas de mis ocurrencias.
daisy dice: